El boxeo, a menudo descrito como la “metáfora de la vida”, encontró en Édgar “Cariguante” Cuenca a su representante más genuino de los últimos meses. Mientras que la mayoría de los púgiles profesionales comienzan a colgar los guantes o a gestionar el declive de su carrera al superar la barrera de los 30 años, este guerrero originario de Iztapalapa decidió que los 34 eran la edad perfecta para dar el salto al profesionalismo. Su victoria ante el estadounidense Anthony Constantino no solo sumó un número positivo a su récord, sino que validó una transición personal que muchos consideraban imposible.
El análisis técnico: Un debut con la intensidad de una final
En la división de los superwélter, la potencia y el ritmo suelen ser los factores determinantes. Cuenca no defraudó en ninguna de las dos facetas. Desde el inicio del combate, el mexicano impuso condiciones ante un Constantino que pareció verse sorprendido por el fogueo y la determinación del debutante.
La clave del triunfo por decisión unánime residió en una mano derecha que, en más de una ocasión, hizo tambalear al estadounidense. No fue solo un golpe de fuerza, sino un golpe cargado de la frustración y la esperanza acumuladas durante años de entrenamiento en la sombra. Aunque el desgaste físico fue evidente en los episodios finales —algo natural dada la carga emocional y la intensidad propuesta—, Cuenca demostró que tiene el “aire” necesario para competir en las grandes ligas. Su capacidad para administrar la ventaja en las tarjetas frente a un rival internacional habla de una madurez psicológica que rara vez se ve en un novato.
El asfalto como primer gimnasio
Para entender la pegada de “Cariguante”, hay que mirar más allá del gimnasio. Su historia no es la del atleta becado, sino la del sobreviviente. Haber transitado por pandillas, centros de reclusión menor y el reclusorio a partir de los 16 años le dio una “escuela” de resistencia que no se enseña en el ring.
Sin embargo, el punto de inflexión más humano en su trayectoria es el contraste entre sus dos oficinas: el transporte público y el cuadrilátero. Cuenca pasaba sus jornadas vendiendo dulces en los camiones de la Ciudad de México para poder pagar sus vendas, sus guantes y su dieta. Esta dualidad es la que ha resonado con la afición mexicana; el espectador no solo ve a un boxeador, sino a un hombre que decidió cambiar la delincuencia y las adicciones por la disciplina del gimnasio, incluso cuando la vida le había dado la espalda tras la ruptura de su matrimonio a los 22 años.
Perspectiva experta: El desafío de la edad en el boxeo profesional
Desde un punto de vista técnico y deportivo, debutar a los 34 años es nadar contracorriente. El boxeo profesional exige reflejos que, biológicamente, suelen estar en su pico entre los 24 y 28 años. No obstante, Édgar Cuenca aporta un elemento que a veces falta en los prospectos jóvenes: la urgencia.
Mientras un joven de 19 años siente que tiene todo el tiempo del mundo para evolucionar, Cuenca pelea como si cada asalto fuera el último de su vida. Esa determinación compensa la falta de años en el circuito profesional. Su caso recuerda a los “late bloomers” del deporte, aquellos que encuentran su mejor versión cuando el resto del mundo ya los ha descartado.
¿Qué sigue para “Cariguante”?
El camino para Cuenca no será sencillo. El triunfo ante Constantino es solo el primer paso en una carrera que, por cuestiones cronológicas, debe ser gestionada con precisión quirúrgica. Su victoria lo ha colocado en el radar de los promotores que buscan historias con “punch” comercial, pero más allá de la mercadotecnia, queda la inspiración.
Iztapalapa, una zona históricamente estigmatizada, encuentra en Édgar un motivo de orgullo. Su mensaje tras la pelea no fue de soberbia, sino de gratitud, dejando claro que el boxeo fue la herramienta que utilizó para reconstruir su identidad. En un deporte que a menudo se pierde en el brillo de los cinturones y las bolsas millonarias, historias como la de Cuenca nos recuerdan que la victoria más importante es la que se obtiene debajo del ring, venciendo a los propios demonios.































