El cuadrilátero se ha quedado en silencio. La tarde de este lunes, el periodismo deportivo y la comunidad boxística internacional recibieron un golpe seco al confirmarse el fallecimiento de Eduardo Lamazón a los 70 años. Más allá de ser un comentarista, “Don Lama”, como se le conocía con respeto y afecto, representaba la brújula ética y técnica en un deporte donde las tarjetas suelen ser objeto de polémica. Su partida marca el fin de una era en las transmisiones de boxeo en México.
La voz que ponía orden en el caos de los jueces
Para el espectador promedio, el boxeo es pasión y adrenalina, pero para Eduardo Lamazón era una ciencia exacta. Su llegada a las pantallas mexicanas, especialmente desde su consolidación en 2002, cambió la forma en que el público entendía el “arte de la defensa propia”. Lamazón no se limitaba a narrar; él juzgaba. Sus tarjetas eran, en muchas ocasiones, más respetadas que las de los jueces oficiales a pie de ring.
Lo que diferenciaba a Lamazón era su elegancia para disentir y su capacidad para explicar el porqué de un asalto ganado a través de la técnica pura. No gritaba por gritar; su análisis era pausado, quirúrgico y siempre respaldado por una trayectoria que inició décadas atrás en el Consejo Mundial de Boxeo (CMB).
El dolor de una leyenda: Julio César Chávez y el gremio
La noticia no tardó en generar reacciones en los pilares del pugilismo. Julio César Chávez, el “Gran Campeón Mexicano”, fue de los primeros en manifestar un dolor profundo que trasciende lo profesional. Para Chávez, Lamazón no era solo el hombre que analizaba sus peleas o compartía cabina con él; era un “hermano del alma”.
“Se ha apagado una de las voces más sabias, elegantes y honestas”, expresó Chávez, resumiendo el sentir de una industria que suele ser hermética. A este sentimiento se unieron figuras como Mauricio Sulaimán, presidente del CMB, y el siempre carismático “Travieso” Arce, además de compañeros de micrófono como Christian Martinoli y el “Zar” Aguilar. La unanimidad en los mensajes de despedida confirma que Eduardo no solo dejó enseñanzas técnicas, sino una huella humana imborrable en el vestidor y en la redacción.
Un puente entre Argentina y México
Nacido en Buenos Aires en 1956, Lamazón fue un inmigrante que México adoptó como propio. Su llegada a finales de los años 70 fue el inicio de un romance con el boxeo azteca. Trabajó desde las entrañas del CMB, entendiendo la política y la logística del deporte antes de dar el salto definitivo a los medios masivos.
Su estilo nunca perdió ese toque de sofisticación argentina, pero se amalgamó perfectamente con el fervor mexicano. Fue el creador de un lenguaje propio; cuando él decía “Lama, Lamita”, el televidente sabía que estaba por escuchar la verdad del combate, sin filtros ni compromisos comerciales.
Un vacío difícil de llenar en la crónica deportiva
La ausencia de Lamazón deja un hueco en la mesa de análisis de TV Azteca y en el periodismo especializado. En una época donde el espectáculo a veces devora a la disciplina, Eduardo era el guardián de la tradición. Se va un hombre que conocía el reglamento de memoria y que entendía que el boxeo es, ante todo, respeto por el que sube a intercambiar golpes.
Hoy, las campanas suenan diez veces en su honor. El periodismo deportivo pierde a un maestro, pero el archivo histórico del boxeo guardará por siempre sus intervenciones como cátedras de cómo se debe observar y respetar este deporte. Descansa en paz, Don Eduardo Lamazón.
































